lunes, 1 de diciembre de 2008

BALANIDE Paul Verlain

Como antítesis a la sutileza japonesa, un poema picantuelo francés, del amigo Verlain.


C’est un plus petit cœur
Avec la pointe en l’air ;
Symbole doux et fier
C’est un plus tendre cœur.

Il verse ah ! que de pleurs
Corrosifs plus que feu
Prolongés mieux qu’adieu
Blancs comme blanches fleurs !

Vêtu de violet,
Fait beau le voir yssir,
Mais ô tout le plaisir
Qu’il donne quand lui plaît

Comme un évêque au chœur
Il est plein d’onction
Sa bénédiction
Va de l’autel au chœur

Il ne met que du soir
Au réveil auroral
Son anneau pastoral
D’améthyste et d’or noir.

Puis le rite accompli,
Déchargé congrûment,
De ramener dûment
Son capuce joli.

viernes, 28 de noviembre de 2008

HAIKU y carpe diem

El arte japonés se podría definir con tres palabras: naturaleza, sencillez y asimetría. Esta esencia, que nada tiene que ver con el arte occidental, se refleja perfectamente en la poesía, en especial en el haiku, la composición más popular en Japón desde la mitad de la era Kamakura (siglo XVI). Muy influido por la poesía china, el haiku es una breve composición de tres versos (5-7-5 sílabas) no rimados (la poesía japonesa huye de la rima), sin artificios, sin grandes alegorías, sin hipérbatos, sin encabalgamientos. El japonés encuentra la belleza en las pequeñas cosas, en la sencillez, y el haiku supone unas pinceladas rápidas que reflejan un instante concreto, un momento, una mirada, un amanecer. Sin embargo, son poesías con una gran fuerza y poder de vocación. El haiku es la máxima expresión del budismo zen, de la vida en cada instante, de disfrutar de cada detalle, de la belleza que encierra cada cosa. Instante tras instante. La poesía japonesa no escribe grandes poemas loando las bondades del carpe diem, simplemente lo vive. Aquí y ahora.
Otra característica del haiku es el papel central de las estaciones y la naturaleza. En Europa, durante siglos, el objeto principal del arte ha sido la Dios, la religión en general y el amor. A cualquier occidental nos parece obvio que la poesía verse sobre tema amoroso, o que la mayoría del arte tradicionalmente esté consagrado a la grandeza de Dios (con la excepción del tema mitológico)
Japón es una cultura en que los fundamentos religiosos (sintoísmo y budismo) rinden culto y divinizan la naturaleza en todas sus expresiones, por lo que ésta ocupa un lugar central en la forma de vida japonesa, y, por supuesto, en el arte.
Tres pinceladas de amor por el momento presente.
Carpe diem.


Furuike ya
kawazu tobikomu
mizu no oto

El viejo estanque;
salta la rana;
el ruido del agua.





Kono michi wa
yuku hito nashi ni
aki no kure

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo




Kareeda ni
karasu no tomarikeri
aki no kure

Sobre la rama seca
se ha posado un cuervo;
tarde de otoño.




Yado no haru
nani mo nani koso
nani mo are

No tiene nada
mi choza en primavera.
Lo tiene todo




Tsuki otsuru
asashio hayashi
natsu no umi

Cae la luna,
rápida es la marea:
alba de estío.




Ume sakedo
ugisu nakedo
hitori kana

Florece el ciruelo
y canta el ruiseñor
pero…estoy solo

jueves, 27 de noviembre de 2008

UNA CRÍTICA GENIAL

Hace tiempo me pasaron este vídeo y me encantó, me pareció muy interesante y me hizo pensar bastante. Ante todo me parece una crítica excelente y una metáfora muy currada.


miércoles, 26 de noviembre de 2008

KEL TAMASHEQ y otras formas de ver el mundo




Soy muy dado a idealizar culturas, idealizar épocas; la Grecia clásica, la cultura japonesa, el pueblo tuareg, son ideales que te inspiran y te dan ideas, que te hacen pensar, que te enseñan que hay otras formas de ver el mundo, otras maneras de vivir, de pensar, distintas perspectivas, y eso ayuda a ver la realidad de una forma más rica y menos condicionada por nuestra educación y nuestra sociedad, lo que hemos aprendido.
Recuerdo la primera vez que estuve en el desierto, hace un par de años. No era lo que me esperaba. Era sobrecogedor. Un sentimiento de inmensidad y duda. Inmensidad ante el océano de arena y silencio que se extendía ante mis ojos. Duda ante todo aquello que sabía, lo que había aprendido, lo que era la vida para mí. Mi mundo. Me separé del grupo y caminé solo entre las dunas, para hacer más fuerte ese sentimiento. Seguía sobrecogido. El desierto es el todo y la nada. Sólo se oye el viento. Sólo se ve arena. Arena. Sol. Viento. En principio resulta poco estimulante, poco atractivo a nosotros, pueblo frenético de ruido y emociones fuertes. Pero el Sáhara me seguía ofreciendo una sensación extraña, de relativismo, no lo comprendía bien, tenía algo de la comprensión súbita de cuánto tiene de condicionada nuestra visión de las cosas, cuánto de distorsionada, cuánto juzgamos pensamientos o ideas nuestras cosas que en realidad hemos aprendido y seguimos ciegamente, que aceptamos por normales. En ese momento de purga y silencio sentí en cierto modo cómo caían y se destruían algunos castillos de prejuicios que ni sabía que existían. Cuando hablo de ideas prejuzgadas, aprendidas y condicionadas me refiero a cosas tan tontas como ésta:

Cualquier persona estaría convencida y ni siquiera dudaría de que la Tierra es así:




Pero ¿por qué habría de ser así? Simplemente porque lo hemos aprendido, porque siempre nos lo han enseñado. Pero igual de lógico sería un mundo así:





No hay nada físico u objetivo que nos diga cómo orientar la Tierra. El polo magnético puede estar tanto en el norte como en el sur. Es indiferente. No está ni Europa arriba y Australia abajo ni al contrario. ¿Qué es arriba y qué es abajo? Es curioso pensarlo

Otro concepto interesante es el concepto de “tiempo”. Pídele a cualquier europeo o americano que te dibuje el tiempo. La línea del tiempo. Con toda seguridad te dibujará una línea con principio y fin, progresiva, quizá ascendente, quizá recta. Pero siempre una línea con el pasado en un extremo, el futuro en el otro y nosotros en el medio, en el presente. Parece obvio, el tiempo es eso, un avance, un progreso hacia adelante. El tiempo perdido no se recupera nunca, nuestra vida es una cuenta atrás que termina el día de nuestra muerte. El reloj de arena que se vacía. Indudable.
Pídeselo a un chino. Probablemente te dibuje un círculo. Un círculo que termina y empieza en el mismo punto. Para un chino el tiempo no se va, no se quema, no se pierde, el tiempo regresa una y otra vez, los días se suceden a las noches, retornan las estaciones, el sol aparece tras la lluvia; el tiempo no es sino una gran rueda cíclica que gira trayendo lo mismo año tras año, día tras día. Con ese concepto está relacionada la visión budista cíclica de la vida, en que los seres vivos renacen después de la muerte. De ahí que los chinos no hayan establecido una cronología universal, como en Europa, para contabilizar hechos y fechas en una larga línea del tiempo. Y la misma visión tenían los antiguos griegos y más partes de Asia, aunque el mejor ejemplo sea China; por lo que yo me pregunto… ¿Quién tiene razón? ¿El tiempo avanza o da vueltas? ¿Es una línea o una rueda?
Cuando hablas con la gente del desierto, la idea de que tu visión del mundo es muy parcial y condicionada se hace más fuerte. Hablé con un hombre bastante mayor que me hablaba en francés con acento africano sobre el respeto entre religiones, la igualdad y el fanatismo. Me habló de una vez, en el desierto, en que le picó un escorpión de veneno letal o cuasiletal. Él cogió una hoja del Corán, la untó con miel, la aplicó sobre la picadura y se pasó rezando toda la noche. Y, según lo que me contaba, la herida se curó sin ningún problema. En sus ojos se veía perfectamente que hablaba con honestidad. No es que yo crea en los milagros místicos, simplemente creo que nuestro pensamiento es hijo del empirismo inglés y que de vez en cuando no está de más cuestionar nuestra manera de ver el mundo, nuestros cimientos, lo que creemos obvio, para intentar conocer otras perspectivas. Si un camello enferma en el desierto, el método de curación es parecido. Sobre una tabla de madera se escriben unos versos del Corán relacionados con la curación de los camellos, después la tabla se lava sobre un cubo, de manera que la tinta de los versos se mezcle con agua, y el mejunje resultante se da a beber al camello. La pérdida de uno de estos animales es una gran desgracia para alguien que esté cruzando el Sáhara, lo peor que puede pasar, y la gente del desierto no es tonta, llevan siglos con ese tipo de prácticas, y los animales se curan. No sé cómo…pero se curan.
No quiero con esto hacer apología de la fe y las bondades de la religión, soy ateo convencido y no creo en ningún tipo de ente superior, pero cuestionarme a mí mismo y ver otras formas de ver la vida tan distintas siempre es bonito.
¡Bienvenidos a Kel Tamasheq!